Combined Shape Path 27
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China está usando TikTok para engañar a los estadounidenses, Biden ya ha caído en la trampa

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Cuando todavía correteábamos por la tundra en taparrabos, los bailes eran corales, y contaban con la participación de toda la tribu. A menudo lo hacíamos para pedir a los dioses una buena cosecha, que se mueran los feos, o que llegaran las lluvias.

Con la urbanización, la gente comenzó a bailar en grupos reducidos, en las plazas, alrededor de una banda. La motivación era festejar alguna fecha señalada, algún santo, quizá, o una buena bajada de impuestos. Las discotecas y pubs del siglo XX redujeron la constelación de baile a pequeños grupos que danzaban simultáneamente, aunque a menudo no interactuaran entre sí. La razón principal para el baile era entonces encontrar pareja y emborracharse, o bien emborracharse para olvidar que no has encontrado pareja.

Y finalmente TikTok inventó el baile en solitario. Miles de tipos dedican horas a contorsionarse unos segundos frente a la pantalla de su teléfono con pretensiones desconocidas, y aspecto de acabar de caerse de un capítulo de Los vigilantes de la playa. Quizá no lo saben, pero están regalando sus datos biométricos a una empresa cuya sede está sospechosamente próxima a la del Partido Comunista Chino.

Bailar solo no está mal. Yo alguna vez lo he hecho. En compañía de media botella de whisky. Pero lo último que se me ocurriría, en esa circunstancia, es grabarlo y compartirlo.

TikTok ha venido a decirte que es buena idea encerrarte en tu cuarto y mover sensualmente las caderas delante de un aparato, para solaz y disfrute de los espías del PCCh, las risas de tus enemigos, y las borracheras melancólicas de tus exnovios. No parece la típica aplicación que será recordada porque ayudó a sacar de su decadencia a la civilización occidental.

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Biden quiere derogar ahora la prohibición que impulsó Donald Trump contra esta red social. Y es un atrevimiento. Porque estoy seguro de que él cree que TikTok es un snack de chocolate y galleta. Trump lo vetó hace diez meses porque lo consideraba una amenaza para la seguridad nacional, convencido de que los comunistas chinos podrían estar utilizándola para espiar a los ciudadanos americanos. La experiencia nos dice que, con China, lo peor, lo increíble, lo más desmentido, y lo más pernicioso, siempre es verdad.

Por lo demás, no había ninguna necesidad de ser simpáticos con los chinos en este momento. De hecho, no se me ocurre peor momento para confraternizar con el régimen chino y sus intereses. Pero Biden gestiona la política americana con el mismo criterio vacilante con que guía sus pasos al caminar. Lo grave no es que dé la sensación de que no se entera de nada. Lo grave es que, en efecto, no se entera de nada.

TikTok tiene 800 millones de usuarios en todo el mundo, según DataReportal. O sea, hay 800 millones de personas comparten sus datos personales con la empresa con sede en Beijing: desde su ubicación geográfica hasta sus contactos, pasando por supuesto por el control de la cámara y el micrófono. En su versión americana, la aplicación dice que almacena los datos en Estados Unidos y Singapur, y que no tienen centros de datos en China. En su versión europea, solo dicen que los datos son transferidos a un destino fuera del Espacio Económico Europeo.

Intrigante. Pero hay más.

En su política de privacidad, TikTok confiesa que recoge, en los videos, identificadores e información biométrica como impresiones faciales y de voz, aunque pretende hacerlo bajo las normativas americanas. De modo que puedes pintarlo todo lo bonito que quieras, pero una gran empresa china está recopilando, día y noche, datos muy sensibles de cien millones de usuarios americanos y otros cien millones de usuarios europeos.

De todos modos, si Biden no quiere reconsiderar su idea por el riesgo para la seguridad nacional que implica, que al menos lo haga por el riesgo para el buen gusto, o incluso para la productividad.

En los ratos en que la gente se pone a bailar delante del móvil o graba videos irrelevantes, no está trabajando. Entretanto, los chinos no descansan jamás. Es una forma sibilina de ganar un conflicto moderno: mantén a tu enemigo distraído con alguna cosa lo bastante estúpida como para que no sospeche que se trata de una acción de guerra. Y TikTok es una herramienta tan genuinamente estúpida que solo puede ser en realidad un arma secreta.

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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semanalmente una columna satírica en The American Spectator y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como “Yo maté a un gurú de Internet” o “Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti”, hasta antologías de columnas como “El siglo no ha empezado aún”, la crónica de almas “Dios siempre llama mil veces”, o la historia sentimental del pop español “Nos vimos en los bares”. Su próximo libro es “Todo iba bien”, un breve ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, y sale a la venta el 1 de octubre (y preventa el 15 de septiembre).
Birthplace
La Coruña, España
Nationality
español
Books Written
Yo maté a un gurú de Internet, Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, El siglo no ha empezado aún, Dios siempre llama mil veces, Nos vimos en los bares




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