Artículo de Opinión

Itxu Díaz: Amamos lo que tenemos detrás

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Si es usted progresista, está de enhorabuena. Hemos encontrado una nueva arma de destrucción masiva contra el adversario político. Se trata de una palabra mágica: “odio”. Una palabra con increíbles propiedades, capaz de paralizar la sociedad, manipular audiencias, y desarrollar iniciativas políticas poderosas que, de otro modo, sería demasiado impopular llevar a cabo.

Cualquier cosa puede ser odio. Si no te gusta la lechuga, eres lechugofóbico; si no te gusta China, eres chinofóbico; y si no te gusta Biden, eres bidenfóbico. A la declaración oficial de algo-fóbico le sigue, primero, la impugnación total del discurso del oponente, que ahora pasa a ser un discurso de odio, y más tarde, el desarrollo de una serie de políticas para hacer frente a esa nueva corriente de odio, que supuestamente está extendiéndose por el país; y no importa que se esté extendiendo de verdad o no. ¡Esa es la clave! Si tú arrojas a alguien la etiqueta de odiador oficial, se acabó la discusión, le has vencido.

Personalmente, como conservador, no odio nada. No me gusta el islamismo, pero no lo odio. No me gusta el animalismo, pero no lo odio. Y no me gustan los políticos sinvergüenzas, pero tampoco los odio. Paradójicamente, el odio, como el sectarismo, es un elemento mucho más presente en los progresistas que en los conservadores. A fin de cuentas, nadie ha odiado tanto a nadie, como la izquierda odió durante años a Donald Trump.

El odio tiene un componente visceral que es inherente a la revolución. Y yo soy enemigo de la revolución. El odio es a menudo incompatible con la libertad, y a mí me encanta la libertad. El odio es el germen de políticas que desean transformar el mundo, y yo no tengo el menor interés en hacer semejante cosa, por más que hay un montón de asuntos que creo que podrían hacerse mejor. Tengo, digamos, más cosas en la vida además de convicciones políticas. No me considero un activista.

Uno de los problemas de etiquetar como discurso de odio cualquier cosa que opine tu oponente político es que restringes el debate ideológico a unas coordenadas tan escuetas, que apenas queda nada que pueda discutirse. Esto divierte muchísimo a la izquierda, que sería feliz si la única discusión posible fuera decidir si se debe subvencionar más a las mujeres, a los transexuales o a los homosexuales, en una extraña competición por encontrar desigualdades, ancestrales deudas contraídas, y otras razones en las que les encanta enfrascarse para no admitir que la mitad de los problemas que ellos detectan en el mundo están en su imaginación.

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Es feo decirlo, supongo, pero desde la feliz caída del comunismo a finales del siglo pasado, la izquierda ha desaparecido. Todo lo que vemos y escuchamos de ella no es más que un zombi, un muerto viviente que busca desesperadamente causas ajenas que apropiarse, para que no nos demos cuenta de que ya no existen.

Por eso el odio es una herramienta fundamental. Con esa excusa, la izquierda logra generar nuevas desigualdades identitarias, y aglutinar ofendidos por doquier, ahora que los trabajadores les están abandonando en todo el mundo, porque han descubierto que quien mejor les defiende son las políticas de derechas.

¿Crees que el odio es más común para los de izquierda que de derecha?

Una vez más, como conservador me siento ajeno al debate. Hay cosas que no me gustan. Y me desearía seguir disfrutando de mi libertad para opinar, por ejemplo, que el islam está destrozando Europa, o que, como escribió el genial Luis Alberto de Cuenca, “el multiculturalismo es un nuevo fascismo, solo que más hortera”, sin que las izquierdas se ausenten del debate arrojándome la etiqueta de odiador oficial.

A fin de cuentas, todo lo que puedo decir sobre mi capacidad de odiar, y la de la mayoría de los conservadores que conozco, lo dejó escrito Chesterton: “El verdadero soldado no lucha porque odia lo que tiene delante, sino porque ama lo que tiene detrás”. La izquierda ya no tiene nada detrás. Nosotros sí. Nosotros amamos de corazón lo que tenemos detrás.

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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semanalmente una columna satírica en The American Spectator y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como “Yo maté a un gurú de Internet” o “Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti”, hasta antologías de columnas como “El siglo no ha empezado aún”, la crónica de almas “Dios siempre llama mil veces”, o la historia sentimental del pop español “Nos vimos en los bares”. Su próximo libro es “Todo iba bien”, un breve ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, y sale a la venta el 1 de octubre (y preventa el 15 de septiembre).
Birthplace
La Coruña, España
Nationality
español
Books Written
Yo maté a un gurú de Internet, Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, El siglo no ha empezado aún, Dios siempre llama mil veces, Nos vimos en los bares